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Ilustración de Verónica Vender

12 Feb 2010
Volando por África

Relato finalista del Primer Concurso de Relatos Aeronáuticos de Extracrew.com

Concurso de Relatos Aeronáuticos

Era aún de noche cuando salí de mi apartamento, saludé al policía que estaba sentado, como todas las noches, en la precaria silla de plástico blanco, al lado de la puerta, sosteniendo en su brazo derecho una metralleta y en su mano izquierda un cigarrillo.

-Bonjour -dije con un sueño perezoso en la voz.

-Bonjour Monsieur, -contestó él- bon vol comandant!

Creo que en los seis meses que viví en aquella finca estas fueron las únicas palabras que crucé con él. Me resultaba raro que no me hubiera pedido dinero nunca, como era habitual en el resto de policías.

La furgoneta, desvencijada, me esperaba con el motor en marcha y su conductor, Moleka, con el maletero abierto para meter mi maleta de vuelo. Mis zapatos negros se hundieron como de costumbre en el barro de la calle marrón, salpicada de charcos y piedras en aquel barrio pijo de la capital de la República Democrática del Congo. Kinshasa despertaba con una humedad propia de la época de lluvias. Mi barrio, donde al menos había luz y agua casi todas las semanas, era un oasis de lujo en aquel desierto de pobreza y miseria omnipresente. Las pequeñas ruedas de la furgoneta no hacían otra cosa que subir y bajar por los incontables pozos y piedras de aquellos caminos, mal llamados calles. En un vaivén permanente recorrimos los 30 minutos que nos separaban de la casa del comandante. La marabunta de gente caminando hacia un lado y otro, cruzándose cuando menos te lo esperabas, los puestos al lado de la ruta, la basura acumulada, el olor rancio y desagradable de cosas pudriéndose, la pobreza que todo lo abarca y que se colaba por nuestras retinas para hacernos sentir pena y compasión. Una hora y media más de viaje hasta el aeropuerto N´djili, pusieron a prueba nuestras columnas y nuestra conciencia, como todos los días de vuelo. Al llegar al “Aeroport”, se sucedieron las carreras habituales de los maleteros, descalzos, y con unas túnicas azules viejas y desgarradas, al lado de los coches para descargar las maletas de los viajeros y hacerse con algún franco congolés (billetes gastados, sucios y malolientes).

Nuestro MD81 estaba en la plataforma, con el combustible cargado, las maletas subiéndose a las bodegas y el resto de la tripulación dentro. En la revisión exterior había que esquivar jaulas con tortugas o monos y maletas inmensas entre otros originales “equipajes”. El retroceso era algo violento debido a que la barra nos unía a un viejo tractor acondicionado para tal menester.

Despegamos por la pista 06 con rumbo a Mbandaka, para luego hacer Gemena-Mbandaka y regresar a Kinshasa. Durante el vuelo, la piel verde de la selva se entrelazaba con la torrentosa arteria marrón que dibujaba fronteras y era vía de comunicación y comercio de miles de personas. Los paisajes de cuento de hadas, dejaban lugar a la pobreza y desilusión, a medida que descendíamos. La ruta había que hacerla lo más temprano posible ya que a partir del mediodía las tormentas hacían imposible la ruta, con lo cual intentábamos acelerar al máximo nuestras escalas. Llevábamos casi 45 minutos de adelanto con respecto a nuestra programación, así que cuando aproximábamos a Mbandaka por la radio nos dice el controlador que Didier, nuestro jefe de escala, pedía que sobrevoláramos la ciudad, antes de aterrizar, para poner en aviso a la gente de la zona que el avión ya había llegado, algo antes de la hora habitual y que fueran antes al aeropuerto, rudimentaria pero efectiva medida que de vez en cuando nos pedían, y así lo hacíamos. Los primeros cumulonimbos ya se empezaban a formar sobre la selva ecuatorial, pero parecía que los sortearíamos sin problemas para llegar a Kinshasa, donde el pronóstico meteorológico era bueno según le habían informado por móvil al comandante. El embarque, siempre desordenado, con gritos de por medio y alguien que siempre se quiere colar, había llegado a su fin, según nos informó Francois, nuestro jefe de cabina. Aquel MD81 era combi, es decir, habían sacado las primeras seis filas de asientos para llevar carga, dividiendo con una mampara la zona de carga y la de pasajeros. La carga se ataba a arneses colocados en el suelo reforzado y había sido aprobado por aviación civil para llevar ¡hasta 500 kg! Esto, al cabo de muchas horas de vuelo, comenzó a dar problemas en los trenes de morro de las dos unidades que estaban configuradas de aquella increíble manera. Faltaba aún terminar de cargar unos colchones y unas cajas por la puerta del galley delantero y asegurar la carga, y las listas estaban hechas, así que el comandante se bajó del avión y se fumó el último cigarrillo conversando con nuestro jefe de escala a pié de avión, algo impensable en Europa, fumar un cigarrillo a pie de avión, ¡da igual si se está repostando o no!

Después del cierre de puertas rodamos hasta la cabecera de la pista, 1,4 de EPR, soltamos frenos, elevator power on y empuje de despegue… La superficie de la pista era una de las mejores del país, con el único inconveniente de que había muchos árboles cerca de los laterales y en la prolongación de la pista. Los motores rugían a pleno rendimiento y el cansado MD cobraba velocidad, cuando de repente una bandada de pájaros apareció delante de nosotros, la mayoría logró esquivarnos por encima, pero dos no, uno pasó justo a mi lado y el otro por encima del cockpit, estábamos por alcanzar V1, un ruido sordo se escuchó, los parámetros de motor eran normales, estábamos por alcanzar la velocidad de decisión para proseguir o abortar el despegue, no había tiempo para decidir, al menos uno de los pájaros había impactado, probablemente contra el motor derecho,

-Reject, Reject -gritó el comandante Eale retrasando gases y frenando, yo me aseguré que los spoilers estaban desplegados y el fin de la pista me absorbió, los árboles crecían y cobraban una dimensión enorme, el avión se estremeció frenando, las reversas estaban a su máximo rendimiento, la pista se acababa, 60 knots, la reversas aún estaban desplegadas, el avión continuaba su brusca desaceleración, el comandante giró el avión un poco hacia la derecha, y el rugido de los motores enmudeció de golpe, anunciando que ya casi estábamos parando. Había estado cerca, muy cerca, vi el final de la pista a poco menos de diez metros debajo de mi. Hicimos 180º y back track.

- Check Engines parameters Pablo.

- Avisa a la torre que hemos abortado y que volvemos a la plataforma.

¿Has visto por dónde han pasado los pájaros? Sí, creo que ha sido uno por mi derecha y otro por encima, los motores están dentro de parámetros.

La temperatura ambiente era de unos 38 grados Celsius, lo que en el asfalto sería más de 40 grados seguramente, con lo que regresamos a la plataforma echando humo por nuestras ruedas, provenientes de los paquetes de frenos, exigidos al máximo para quedarnos dentro de la pista en el aborto tan próximo a V1 y con una temperatura extrema. El controlador nos dijo que veía el humo y que avisaría a bomberos. Por suerte Mbandaka era uno de los pocos aeropuertos que tenía este servicio, ya que había una base de la MONUC y eran ellos quienes lo aportaban. En el indicador de temperatura de frenos del cockpit la temperatura no hacía más que aumentar en las 4 ruedas del tren principal. El revuelo en la plataforma era monumental, salía gente de todas partes para ver aquel avión humeando, deseosos de saber qué había pasado, rodearon el avión en cuestión de segundos. El comandante abrió la puerta y evaluó la situación mientras que yo me quedé en cockpit. Eale decidió desembarcar el pasaje por la puerta ventral y además alejar a todo el mundo del avión, esto en el Congo significa liarse a gritos en dialecto Lingala con la policía, que es tan curiosa como el resto. Además les comunicó a los bomberos que no realizaran ninguna otra acción que no fuera estar pendientes de las ruedas (entiéndase más gritos en Lingala hacia el camión de bomberos).

Una vez el pasaje fue desembarcado, bajé yo también. La humareda era monumental, salía más de las ruedas 1 y 2 que de las otras. Le pedimos al jefe de escala una escalera para que el mecánico revisara los motores, el comandante me dijo que probablemente los fusibles de las ruedas saltaran, desinflándolas y que debíamos esperar al menos media hora para ver si bajaba la temperatura. En el motor Nº2, el derecho, había plumas de pájaro por todas partes, una parte del cuerpo del ave en los álabes de entrada y la cabeza, decapitada completamente, a la entrada del motor. El mecánico sacó los restos del pájaro y limpió el motor todo lo que pudo con el poco material con el que contaba. Eale quiso que el mecánico pusiera el gato debajo del eje de las ruedas 1 y 2 por si se desinflaban las dos y así se lo estaba comunicando cuando en ese preciso momento suena, del otro lado del avión, una explosión seca, conmocionó nuestros tímpanos, seguida de un fuerte ruido de aire saliendo a presión; inmediatamente se vio una tenue nube de polvo blanco que se destacaba entre la humareda de las ruedas. Lo que temía el comandante había sucedido, uno de los fusibles de las ruedas acababa de dejar salir el aire caliente de una de ellas. De a poco, el avión se empezó a inclinar apenas unos grados hacia la rueda desinflada. El comandante animó al mecánico para que se apurara a poner el gato debajo del eje, ya que si no lo hacía antes de que se desinflase la otra rueda, sería imposible hacerlo. El problema era que el gato, al igual que las ruedas de repuesto (1 de morro y 2 principales) lo llevábamos en una de las bodegas, que estaban repletas de maletas. Así es que los maleteros comenzaron a descargar contra reloj la bodega. La mitad ya estaba descargada y se podían ver las ruedas principales aunque el gato aún no, cuando, otra vez, una explosión muy parecida a la anterior retumbó en el corazón mismo de África. Sí, era la rueda Nº2. El avión se inclinó aún más, poco a poco, y el desánimo se adueñó de nosotros. Los cumulonimbos ya acechaban desde todas partes y la idea de pernoctar en el poblado comenzó a cobrar fuerza.

Decidimos, junto con Didier, avisar a los pasajeros de que hasta dentro de 2 horas por lo menos no saldría el vuelo y pedirles que por favor esperaran fuera de la plataforma, detrás del alambrado que separaba la zona de operaciones del viejo, pobre y descuidado edificio de la terminal. Por suerte, las otras dos ruedas ya casi no humeaban y la temperatura no era tan alta como en las desinfladas.

Después de haber sacado el gato, y las herramientas de la caja, resultó que el gato no era uno convencional para este tipo de trabajos, sino uno de los utilizados en camiones. Y éste, con las dos ruedas desinfladas y el avión escorado hacia ese lado, no entraba debajo del eje como se preveía. Acudimos entonces a la base de la MONUC para intentar que nos prestaran un gato que cupiera debajo del eje, pero los que tenían eran demasiado altos y tampoco nos servían. La solución que se le ocurrió al mecánico, al mejor estilo africano, fue subir las ruedas desinfladas sobre dos maderas para poder meter nuestro gato. ¿Cómo hacerlo? Pues poniendo en marcha los motores e intentar mover el avión hacia delante para que subiera sobre los trozos de madera. El primer intento lo hicimos con los calzos que utilizábamos, pero no hubo forma de que el avión subiera aquellos calzos cuadrados, así que con el hacha de la cabina, el mecánico rebajó uno de los bordes para que las ruedas pudieran subir. Bajo el ala del avión, hacha en mano y con un calor abrasador, el mecánico -ahora carpintero- nos intentaba sacar de la selva. Así se hizo y esta vez sí que funcionó, aunque casi poniendo potencia de despegue en ambos motores. Sacar las ruedas, revisar los paquetes de freno, meter las ruedas nuevas, meter las viejas en la bodega y cargar las maletas de nuevo nos llevó el resto de la tarde, con chubasco de por medio. La vuelta fue un constante zigzag y sube y baja. Creo que no hicimos más de diez millas en línea recta, para evitar los inmensos cumulonimbos que ya comenzaban a deshacerse al atardecer, pero aún con una virulencia extrema.

Era de noche cuando llegué a mi apartamento. Había pasado sólo un día, pero había vivido mucho más. Allí todo cobra otra dimensión, otra intensidad: África, donde hoy no se piensa en el mañana, porque el presente lo acapara todo y el mañana no se sabe si vendrá.




Autor: Pablo Guigou
Categoría: Redacción Aeronáutica

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vicky 16 Feb 2010
Felicitaciones

Muy bueno Pablo! Y muy valiente vivirlo! Felicitaciones de toda la familia!
ATCPS 15 Feb 2010


Hola Pablo. Soy otro como tu que vuela por tierras africanas. Conretamente en Ghana. Tu relato es muy bueno, es casi un calco de lo que vivimos aqui. Somos unos cuantos españoles volando ATR, LET y SAAB. Es curioso el amor que le tenemos a esta profesión, somos capaces de ir a cualquier lugar con tal de volar. Para mi ya son dos años aqui. Tambien somos privilegiados por vivir este tipo de experiencias, nunca se borraran. Mucho animo y que Dios nos guarde a todos en los cielos africanos.
Un abrazo!
Alasdeplomo 14 Feb 2010
Felicidades

Me ha gustado mucho tu relato. Felicidades y aunque no haya concurso de por medio, te ruego que sigas contando "cositas" ¿sin importancia? tan bien como en este caso. Gracias por la narración.
navarone 12 Feb 2010
MUCHO ANIMO

Afirmo todas las penalidades que estás pasando, te lo dice otro español que está en el otro Congo, al otro lado del rio, y que me suena muchisimo todo lo que has relatado en tu historia, sin exajeración ninguna. Un abrazo. Nucho ánimo
paco 12 Feb 2010
Enhorabuena

Pablo para ser de Dolores has hecho un muy buen trabajo, deja de volar y escribe , es tb verdad que la pasion por el vuelo que te ha llevado hasta alli es la que te guia. Enhorabuena
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